El estudio de la escultora es una amplia nave levantada sobre pilares de hormigón y sin ningún obstáculo interior. Comunica a través de una puerta con la vivienda, una casa grande en un pueblo pequeño.

Ese lugar de trabajo tiene otros tres pasos. Uno, bajando un tramo de diez escaleras de cemento, lleva a los distintos corrales donde en su tiempo se criaban conejos y Vivian yeguas, cerdos y vacas.

Otro es un pequeño agujero de unos diez por diez centímetros en lo alto de una de las paredes. Se reconstruyó esa pared pero no se cerró del todo, la escultora quería que por ahí pudieran seguir entrando los pájaros acostumbrados a anidar en el interior de la casa.

La entrada principal es una gran puerta metálica verde de cuatro hojas que se recogen por parejas y si se retiran completamente a los lados dejan una hueco de cuatro por cuatro metros. Afuera dos hermosos tilos. Con sus flores en infusión se combaten los catarros, un regalo del cielo para este pueblo que, antes, cuando había mozos dispuestos, paseaba en procesión la imagen de la Virgen de la Tos.

Esta nave era el garaje para una enorme cosechadora. Ahora está poblada de esculturas.

Mientras trabaja y si es verano suele estar con la puerta abierta. No enteramente abierta, sólo las dos hojas centrales. Suele pasar poca gente, no da a una calle principal y los vecinos en todo el pueblo no son más de setenta.

De vez en cuando vienen visitas. Los que lo hacen por primera vez tienen interés por ver la casa completa y eso lleva un rato porque son tres plantas y hay ya muchas obras terminadas.

Tuca es una perra que vive ahí cerca. Cuando oye abrirse la puerta metálica viene corriendo con la esperanza de que sea la ocasión del paseo y así subir al bosque. Nunca va sola, ni con ninguna otra persona y a la escultora le encanta su compañía. Entre las encinas, por los caminos, la perra no se separa ni cinco pasos de su acompañante.

Este año una pareja de colirrojos ha criado dentro de la casa en un viejo nido de golondrina. El macho tiene plumón rojizo y negro. Se hace oír con un gorgojeo rápido que recuerda a pequeñas bolas de metal chocando. La hembra construyó el nido y lo acomodó con pelos, plumas, lana, borra de polvo. Luego vino con insectos, bayas y semillas. Cuando las crías comenzaron a volar podías verlas ir de un lado al otro, descansar tras un corto trayecto entre las piedras desnudas de la pared o sobre un cable eléctrico que cruza la estancia, en el saliente de una viga. Ahí todavía vienen a dormir.

Los cuervos sobrevuelan los tejados. Y los milanos. Hay muchos buitres. Anidan en las peñas, esas mismas frecuentadas por escaladores. No es raro ver cincuenta, ochenta buitres posados en una de las piezas de cereal contiguas a la granja de pollos. Aguardan la ración de animales muertos.

Tuca entra y se pasea. Ve a la escultora usar herramientas, modelar yeso, pegar trocitos de tela sobre el torso de un muñeco.

Le observa al manejar los materiales, casi siempre sin guantes. Suele ponérselos si va a coger una herramienta poderosa para cortar o para soldar.

Ahora repasa varias figuras, entre ellas un par de pequeños perros. Los quiere poner sobre los brazos alzados y las cabezas. Antes había hecho otras piezas coronadas con pájaros. Y una en la que dos niñas levantan nada menos que una vaca.

Persistente. En muchas de las tareas minuciosa, delicada, lenta. Para forrar las figuras, para vestirlas utiliza un número reducido de recursos: los límites agudizan el ingenio.

Los colirrojos no creo que miren las piezas en proceso. Esas esculturas ­ una serie de chavales, cada uno llevando un peso, desde un globo terráqueo a una urna pasando por el esqueleto del teclado de un piano­ parecen aceptar su carga. Ella los construye fuertes, equilibrados, bien asentados y capaces pero a cada uno le asigna un peso. Son muchos los objetos a rescatar y quisiera encontrar para cada uno a un joven porteador.

Cada una de las piezas en proceso espera su turno como en una partida múltiple de ajedrez en la que un jugador se enfrenta a varios contrincantes.

Guerreros de terracota, séquito, porteadores, no de alimentos o de utensilios sino de símbolos de la vida sobre la tierra.

“Habitando el mundo” será el título de su próxima exposición. Las esculturas remiten a tareas representativas del esfuerzo que como sociedad hacemos por avanzar. Las artes, la preocupación ética, la ciencia, la medicina…

Los pájaros le ven en su ropa de trabajo, camiseta ahora gris como el yeso seco. Si es que no la confunden con las otras figuras, las inmóviles, que también las ha vestido con austeridad. Le miran cuando acarrea cubos de agua, desmenuza periódicos y bate la pasta de papel rodeada de objetos a la espera de ser integrados y de volver a adquirir gracilidad en su nueva ubicación.

Apoyadas en la pared hay cinco puertas. De contrachapado, en su interior apenas unos listones y cartón enrejado en forma de nido de abeja. Sobre ellas ha tallado con gubia varias escenas.

Manteniendo su posición vertical, como se levantan la mayor parte de las esculturas. Cada puerta con un tema diferente. A los visitantes les llama mucho la atención por el material que es y por la pericia del dibujo. En una de ellas ha elaborado escenarios del pueblo: el lavadedero, el frontón, la pizzería en el patio de una de las casas. A la gente le encantan las obras en las que ven algo que reconocen fácilmente y aprecian el trabajo que deja evidencia de su dificultad o su maestría.

El tiempo de esta labor es mayoritariamente el diurno. Así ella también se conecta en el empeño con tantísismas otras personas que, cada una en lo suyo, hace algo valioso para los demás.

Trabaja con luz natural y las piezas que elabora como mejor se mueven es en ese tiempo de dinamismo iluminado por el sol.

Las posturas son de acción: miembros extendidos, piernas en disposición de caminar, cabezas erguidas (sin propósito, sin estímulo, el cuerpo flácido, abandonado ni siquiera se mantiene en pie).

Tienen un parecido grado de actividad a ese en el que la creadora emplea para hacer sus piezas.

Esfuerzo común, el de mucha gente buena.

Las esculturas ­ no de vaciado sino de construcción­ son reflejos. Ella es quien las levanta del suelo y los pesos o las piezas en juego de equilibrios subrayan el esfuerzo por sostener o el disfrute de quien se entrega con ganas a una tarea.

Un ratón agazapado tras el baúl, entretenido en mordisquear restos de nueces, oye entrar a un chico. Viene con la cámara. Ella le dice que no ha habido avances, no hay nada nuevo que fotografiar. Y en esas tres horas que él ha estado fuera… qué ha pasado que la cámara no detecta ni él tampoco?

Puede haber cambiado el ángulo en que se extendía el brazo con el que la madre sujeta al niño, la

Inclinación de cabeza del fetiche africano sembrado de clavos y de percebes secos. Puede haber aparecido una idea para la siguiente creación… o puede haber acercado unos metros, de una mesa a la próxima, sin apenas darse cuenta, los elementos que más tarde se juntarán en otra figura.

Entra el pequeño gato negro, el que la mayoría de las noches duerme ­ y temprano a la mañana desayuna leche con galletas­ en casa de Juani. Pasa las tardes con los niños en la que era hasta hace pocos años la casa del cura y pronto, cuando terminen las obras, será un alojamiento rural. Seguro que se mete en más corrales y graneros, se le ve confiado. No sé qué vendrá a buscar aquí, puede ser sencillamente su rato de paseo. Sorprende a la golondrina posada sobre la mesa de pin pon y la ve echar el vuelo y alcanzar en un segundo las luceras en el techo.

Unas criaturas salen y otras entran. Las figuras también se irán. Es una casa de puertas abiertas.

No sé qué pensará cada uno del trajín que se llevan los demás. Es un lugar de mucha vida de paso y de mucha vida en construcción.

Texto Juan sukilbide.

IMG_8145

Anuncios