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Alba y su hermana Ana salen cada mañana a pintar. Este agosto todos los días al camino junto al arroyo. Alba es cuatro años mayor y con delicadeza le sugiere a Ana maneras de trazar el perfil de un tallo o el color de una hoja confundida entre otras muchas más sobresalientes.

Al mediodía comen en el patio de la casa, duermen un poco y por la tarde meriendan con el resto de la familia y los amigos. Bajo el porche y en sendos caballetes descansan los cuadros esperando al día siguiente.

Esa rutina les encanta, el equilibrio entre hacer y mirar, la alternancia entre confeccionar y contemplar.

Pero Ana sospecha que a su hermana le decepciona comprobar cómo la menor no sigue escrupulosamente los consejos de la otra. Ana no se atreve a decirle que su dibujo es diferente porque creyó ver -entre las vibrantes zarzas o tal vez más tarde, en el óleo seco- el rastro de un pequeño arquero, que ella quiso pintar esa huella y que teme que si la ignora no sabrá más de él.

 

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