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A las nubes no se las oye. No rozan ni silban ni raspan cuando chocan entre sí, un pájaro las atraviesa o se deshacen en lluvia.

En una región perdida de Mongolia, una muchacha de nombre L. (que antes erigía esculturas de cebras y baobás, de hombres delgados, cabezas formidables hechas de toda clase de materiales) tiene un taller donde repara nubes. Son nubes que han intentado parecer por demasiado tiempo lo que no son y eso les ha llevado a frustraciones, problemas de identidad, pequeños desgarros y tirones.

Hubo una nube que cuando se dio cuenta de que había tomado el aspecto de un hermoso carro tirado por caballos no quiso dejarlo ir, se resistió y eso desembocó en una torcedura dolorosa.

Otra  se creyó que podía aparentar ser una torre al estilo de la de Pisa, con sus arcos y todo. Su denso empecinamiento provocó un serio problema en un vuelo entre Moscú y Dakar cuando el piloto vio que a su avión le costaba demasiado avanzar.

Las nubes llegan hasta el estudio de L (un lugar desierto donde nadie las ve descender para acomodarse en las praderas) y esperan su turno en esa especie de dispensario.

La escultora entra en el interior de la nube y, tras mirarla muy detenidamente, ayudada de extrañas herramientas aprieta aquí, desata allá. Pronuncia encantamientos. En ocasiones canta y baila.

Eso resuelve los síntomas pero luego queda la otra parte, la de convencer a cada una de las pacientes de que han de dejarse llevar y no deben encapricharse con ninguna apariencia,   por mucho que les parezca deliciosa o magnífica.

Texto Juan Sukilbide

 

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