La reparadora de nubes

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A las nubes no se las oye. No rozan ni silban ni raspan cuando chocan entre sí, un pájaro las atraviesa o se deshacen en lluvia.

En una región perdida de Mongolia, una muchacha de nombre L. (que antes erigía esculturas de cebras y baobabs, de hombres delgados, cabezas formidables hechas de toda clase de materiales) tiene un taller donde repara nubes. Son nubes que han intentado parecer por demasiado tiempo lo que no son y eso les ha llevado a frustraciones, problemas de identidad, pequeños desgarros y tirones.

Hubo una nube que cuando se dio cuenta de que había tomado el aspecto de un hermoso carro tirado por caballos no quiso dejarlo ir, se resistió y eso desembocó en una torcedura dolorosa.

Otra  se creyó que podía aparentar ser una torre al estilo de la de Pisa, con sus arcos y todo. Su denso empecinamiento provocó un serio problema en un vuelo entre Moscú y Dakar cuando el piloto vio que a su avión le costaba demasiado avanzar.

Las nubes llegan hasta el estudio de L (un lugar desierto donde nadie las ve descender para acomodarse en las praderas) y esperan su turno en esa especie de dispensario.

La escultora entra en el interior de la nube y, tras mirarla muy detenidamente, ayudada de extrañas herramientas aprieta aquí, desata allá. Pronuncia encantamientos. En ocasiones canta y baila.

Eso resuelve los síntomas pero luego queda la otra parte, la de convencer a cada una de las pacientes de que han de dejarse llevar y no deben encapricharse con ninguna apariencia,   por mucho que les parezca deliciosa o magnífica.

 

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En la imprenta.

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-Lo siento pero con su presupuesto no es viable hacer el catálogo que nos pide. Una de dos, o disminuimos considerablemente el número de páginas o lo hacemos en blanco y negro.

-¡Pero son cuadros¡ !No podemos quitarles el color¡

-Imposible con ese dinero. Tres veces más es lo que costaría.

-¿Y un papel más barato? O encuadernarlo con grapas en lugar de cosido…

-Ni aun así. Sin embargo existe otra posibilidad aunque sospecho que me va a decir que no. De una impresión anterior nos sobraron unas tintas especiales que ya sé yo que no vamos a emplear en ningún otro encargo. Si quiere las podríamos utilizar aquí, aunque los colores no van a ser para nada fieles a lo que nos ha traído, serán otros, muy vistosos, porque es un material bueno, pero tendríamos que tratar las imágenes en el ordenador y sustituir los rojos por morados, los verdes por marrones y los azules por violetas, más o menos, pero para serle claro… todos los colores se iban a ver alterados. No, no, ya me doy cuenta que es una locura.

-! Santo cielo ¡¿De qué serviría un catálogo que falsea las pinturas? ¿Quién lo iba a querer?

-Le entiendo… Pero si terminara por aceptar esta opción tan poco ortodoxa yo en ese caso pondría una nota al principio explicando muy bien cuál es la conversión de cada color, así podrían por lo menos imaginar cómo son los cuadros de verdad.

Y eso hicieron. Dejaron escrito en la introducción que la impresión no era fiel, los colores no se correspondían con los originales y que para hacerse una idea del desplazamiento tenían que tener en cuenta varias cosas. Por ejemplo: que el color de la fresa que sostiene la muchacha de la lámina en la página 12 no es el que aparece sino el que tendría esa fresa si pudiera madurar y volverse gentilmente sabrosa. Y que el tono de los ojos del montañero de la página 23 no es el que sale impreso sino el color que esos ojos mostrarán cuando deje de sentir miedo. Y para afinar aún más, el resplandor de atardecer de la última hoja no es veraz, sino que debía verse la luz de ese mismo día hora y media antes, cuando se distinguía también el cauce del río y podía verse la manera como rompía el agua en las orillas. Bastaría con aplicar el espíritu de estos tres saltos a todos los colores para ver las obras tal como son.

Texto Juan Sukilbide.

 

 

El mejor.

DSCF8920El candidato a presidente nacional se pasea por el mercado, saluda y sonríe. En un puesto esquinado Dalma vende dibujos, estampas que reproducen el paseo marítimo y el puerto.

Mira al candidato y le asombra que pueda saber de tantos asuntos como demostró en el debate de la televisión. Que tenga decidido qué hacer con los norcoreanos, los iranís, los canadienses, los mexicanos…. Con los rusos, los chinos, los palestinos…

 

Y que al mismo tiempo sepa de impuestos, de cómo enseñar en las escuelas, reducir el gasto en los hospitales, intervenir en los monopolios, en los oligopolios, perseguir el consumo de drogas, establecer los horarios de los comercios, promover iniciativas para el uso del tren… Amable, correcto, atento, despierto, eficaz, las mejores cualidades en un nivel de excelencia allí donde esté, en Ojio o en Nubraska, en, Verhginia o en Nueve Yor.

 

Tantas habilidades, tan exigentes condiciones no pueden darse a la vez en una misma persona. Es como querer jugar una partida en un único tablero que sea al mismo tiempo de ajedrez, de damas, la oca, el parchís. Los mejores sólo llegan aparentar que saben por dónde se mueven.

Le resulta extraño igualmente que muchos conciudadanos tengan opinión formada sobre cada uno de esos problemas. Sobre el norte de África, el extremo oriente, el cono sur o el Ártico. Los nuevos contratos, las pensiones, el pago de la deuda, las subvenciones a los combustibles, las ayudas para renovar las viviendas, la compra de nuevos cazas, los sueldos de los controladores aéreos, las medidas para impedir la deslocalización de grandes empresas…

 

Dalma vive ahora preocupada porque no puede pagar el dentista para su hijo. Al chaval los molares y los premolares se le están disparando en desafiantes direcciones y es muy penoso ver cómo su preciosa cara se vuelve cada día más fea. Ella ahora no puede pensar en nada más que esto.

 

Suspensión del olvido.

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Por cada pantalón, calcetín, juguete, gorra, camiseta….que su madre retira del armario de Daniel porque ya no le sirven él hace un dibujo.  Sin mostrárselo a nadie y sin contarlo.

Como un reemplazo, un sustituto. Es la memoria en una sucesión de huellas.

No representa exactamente la cosa perdida, sí un referente, una conexión.

Es una prórroga de vida condicionada por la propia habilidad artística del chaval. Con el paso del tiempo, si mira uno de esos dibujos y ya no consigue identificar por qué lo hizo así, qué le llevó a pintarlo lo rompe en pedazos, más pequeños si es mucho el tiempo que ha transcurrido.

 

 

Dos hijos

Siguiendo con la serie de textos de Juan Sukilbide que he  ilustrados con telas. Este es ya de hace dos o tres años.marijose (1)

El hijo mayor de Binata  de 23 años y el segundo de Jawara, de 22, se marcharon sin despedirse de nadie, sin avisar, tenían más que prohibido hacer nada así. Las dos familias comparten casa, los dos chavales estudiaban en la escuela de electricidad. (Uno ha vendido su moto y el móvil, el otro un televisor relativamente nuevo y además ha pedido un préstamo a su padre. Los dos escuchaban la radio en inglés a escondidas.)

Han pasado tres semanas desde ese día y no tienen noticias de ellos pero sospechan que, como tantos otros, estarán intentando llegar a Italia o a Grecia. Sus madres ni siquiera saben si han cogido una embarcación o van por carretera, quizás hasta Libia.

El muchacho de Ramatulai sí que llamó. Bueno, no él, unos ladrones que lo habían capturado. Le golpearon hasta que les dijo el teléfono de sus padres y a ellos les pidieron un rescate de cuatrocientos mil francos cfas. No pudieron reunir tanto, ni siquiera  la mitad, pero parece que fue suficiente.

Binata y Jawara por economizar comparten muchas cosas, también el teléfono.

Sin embargo a las dos les da miedo, ninguna lo quiere llevar encima, lo tienen en una repisa alta, junto a las dos linternas. No suena casi nunca pero cada vez les da un vuelco el corazón. SI no suena no es la peor señal, a menos que pase mucho tiempo. Si suena sólo quieren oír la voz de su hijo confirmándoles que ha llegado y que está bien.

Un martes alguien le contó a Binata que habían encontrado un grupo de jóvenes muertos en un camión que trataba de entrar en Francia. No le dijeron que entre ellos estuviera su hijo pero ella tuvo un ataque de ansiedad. Gritó, lloró, tiró al suelo la ropa recién lavada y tendida… y fue a por el teléfono. Le escupió, salió fuera y furiosa lo arrojó al pozo seco del patio de atrás. Cuando por fin se calmó buscó a Jawara y lloraron juntas, pero casi sin hacerse oír.

Esa noche no pudieron dormir. A las cuatro de la madrugada, las dos en la misma cama, se sobresaltaron con el sombrío sonido, semienmudecido de su teléfono.

 

Fiel

DSCF8916Un amigo viene a verle todos los días.

Entra en la casa sin despertar a nadie, sin molestar. Entra sin llamar.

Álvaro le deja estar y tampoco le habla ni parece reparar en él. No le presta verdadera atención hasta que,  por la tarde, coinciden en el estudio de pintura.

Allí dentro, los dos solos, ya no quiere que se marche. Enseguida se siente bien con él y trata de seducirle con trucos. Extrae como por magia de los bolsillos de su amigo seres extraños, curiosas formas enrevesadas, aparentemente nuevas y de colores casi siempre festivos.

En el juego y para seducirle se muestra cuidadoso, atento. Otros ratos prueba a ser divertido, ingenioso… Laborioso, espontáneo, racional, sensual. O disciplinado, riguroso, colérico… Usa tantas emociones y capacidades como están a su alcance. Pero nunca ha ganado ni un segundo extra de amistad con ninguna de estas ofrendas, con sus encendidas o equilibradas exhibiciones. Llegada su hora el otro se marcha, sin aspavientos ni fiestas, sin portazos ni malas palabras. Es puntual y constante, tremendamente cercano pero también impasible y distante.

Hoy vino a las 7:53 y se marchará a las 18:46. Mañana vendrá a las 7:52 y se irá a las 18:47.

Viene de muy lejos. En esta parte del año recorre, sólo para venir, 1.465 millones de kilómetros. Y siempre aparece

Janice.

Estamos retomando la colaboración entre Juan Sukilbide y yo, el con los textos, yo con las ilustraciones. A ver si conseguimos hacer un álbun.img-20190725-wa0002Janicee aborda entre doce y quince veces al día las jakartas, las motos/taxi de las que hay varios cientos en la ciudad.

Es selectiva y no toma la primera que se encuentra. Si hay un grupo en el punto de reunión, por ejemplo el que está junto al ultramarinos o el del dispensario médico esperando clientes deja pasar hasta que está en primer lugar un conductor que le gusta. Le llama, se sube.

Ya en la moto aprieta bien sus piernas contra el culo del chico. Y procura agarrarse a sus hombros primero,  pero prefiere a su  cintura. La mayor parte de la gente que circula así no necesita siquiera tocar al conductor, van sueltos y seguros, tienen práctica y han perdido el miedo. Otros se cogen a la barra trasera y es suficiente.

Los prefiere en camiseta de tirantes, palpa el arco bajo la axila, el dibujo de las costillas. Hoy ha creído ver que un chico llevaba en la cintura, aparte del cordón en el que suelen atar sus amuletos, sus grigris, un rollo de papeles recogidos con mimo en un cilindro anudado con varias vueltas de hilo naranja. Ha supuesto que serían billetes grandes, quizás todo el capital de ese chaval.

Janicee, cuando se acercan al final del recorrido, acerca su boca al cuello de él, aspira hondo, se queda con el olor. Si en ese instante pasan por un bache puede ocurrir que sus labios rocen inesperadamente el pelo, el cuello de la chaqueta, la carne oscura. Y cuando desmonta procura echar su mano al brazo desnudo, firme, se lleva su piel.

Quiere creer que nadie se ha percatado de nada,  se tiene por comedida y sigilosa. Pero su afición se le ha desorbitado sin ser ella consciente del enganche. Sí la han descubierto y entre los chicos bromean, se ríen,  apuestan por ver quién será el elegido en la siguiente ocasión.